jueves, 6 de septiembre de 2012

Fénix

Yo sabía que las luces del cartel de autosuficiencia no se apagaban cada vez que me abrazaba como él creía, se ensombrecían cuando la indiferencia hacía acto de presencia y últimamente, la indiferencia, tenía asistencia perfecta.

También sabía que no era cierto que el tiempo cura todo, había aprendido que el paso del tiempo permite resignarnos a la idea de que aquellas personas antes tan presentes ya no volverán a sostenernos en cada tropiezo. Ahora contra el abismo habría que desplegar el paracaída en la más absoluta soledad.

Había atravesado por esta especie de tristeza infinita, desgano, resignación y obligado perfil bajo cientos de veces, lo cual me permitía conocer de antemano que saldría victoriosa una vez más del agujero.

...

Se vienen tiempos duros y no hago nada para mejorar la perspectiva, ando sin fuerza, resistiendo por inercia.

lunes, 20 de agosto de 2012

Optimismo

Apunta todo en su mágico cuadernito de hojas color rosa, convencida de que esta vez leerá todas las historias y entenderá. La entenderá. Al fin.

martes, 10 de julio de 2012

Con algo de suerte y perseverancia todos podemos cumplir nuestros sueños, pero ¿y después? Después... Enjoy! Sí, sí... Pero... PERO, siempre hay un pero para mi.


Aquiles

Y ahí estaba él, en la misma librería y haciendo exactamente lo mismo que la primera vez: revolviendo todos los estantes del género policial en busca de uno de los buenos en el mismo instante en el que a mí se me cayó el señalador de Los hombres que no amaban a las mujeres. Esa vez se había agachado para levantarlo y alcanzármelo y antes de devolvérmelo me había preguntado <<¿Crees en el azar?>> y le respondí: <<Casi todo es producto del azar>> mientras le arrancaba el señalador de la mano. Creo que ya estaba enamorada.


5 meses después el azar nos juntaba en el mismo m².

Esta vez no se me cayó nada, pero (lo juro) me dejó de latir el corazón por unos segundos, reconocía esa sensación de vulnerabilidad exacerbada porque con él la había experimentado siempre.

Levantó la vista y ahí me tenía, a centímetros. Sonrió. Creo que amagó a decir algo, pero finalmente no habló, se limitó a mirarme entre feliz y sorprendido. Sonreí (feliz también).
Al rato dijo <<No me llamaste>> y ahí justo ahí una cantidad infinita de reproches se quedaron a mitad de camino ¿para qué exponerme? Me limité a sonreír y decir casi en un susurro <<Vos tampoco>>. Tarde. Esa sonrisa que intentaba demostrar indiferencia absoluta no lo engañó. Y él sabía cómo hacerme reaccionar:
<<Uff, ¿dolió no?>> Para qué... Mi dedo índice lo señaló y a partir de ese momento pronuncié un sin fin de insultos con estilo, siempre con estilo, siempre desde una postura digna... Pero le estaba gritando a él, no era a un Don Nadie, sabía perfectamente a qué me estaba exponiendo, pero no me dieron ganas de seguir conteniendo TANTA furia y justo cuando estaba a punto de terminar me agarró de un brazo, me atrajo hacia él y me besó.

No importaba cuántas veces lo intentara, ni qué estrategias empleara, ni la fingida indiferencia, ni mis respuestas mucho más inteligentes de las que podría llegar a esbozar alguna vez él... Hay juegos que no sé jugar y por mucho que me aprenda de memoria el instructivo, irremediablemente pierdo siempre (aunque el rival sea un 4 de copas sigue siendo mi talón de Aquiles).

PERO esta vez me encantó perder porque creo que esta vez dejándome perder no perdí.

Loco ¿no?

martes, 3 de julio de 2012

Con qué parámetro medir el suficiente amor propio como para no quedar estaqueado en el medio de una nada absurda de una historia que pudo haber sido solo si la unidad de medida no hubiera arrojado tanta soberbia como resultado de un presente que ya no sería futuro. No me sale eso de la autocompasión, mejor jugarla de impasible cuando se sabe que determinadas demostraciones no son otra cosa que humillaciones que sumo a un inventario que después me jode más que un autoestima en eterna decadencia. Cedo todas las victorias que reclamen sin vestigios de tristeza porque, según dicen, el proceso va por dentro…

lunes, 2 de julio de 2012

Hablo de mí, cualquiera se da cuenta,
pero ya llevo tiempo (siempre tiempo)
sabiendo que en el mí estás vos también,
y entonces:

No nos alcanza el tiempo,
o nosotros a él,
nos quedamos atrás por correr demasiado,
ya no nos basta el día
para vivir apenas media hora.

[Cortázar]

domingo, 27 de mayo de 2012

Sobre tazas, copas y posavasos...

La semana pasada se agrietó una taza nueva apenas vertí agua caliente para prepararme un té de frutilla (vino fallada, claramente) y anoche se me rompió una copa de una manera muy extraña y entonces me acordé que hacía años había escrito algo sobre juegos incompletos…

Joaco despertó agitado y muy transpirado…
Escribió:

12 de Marzo de este año, pero pudo haber sido cualquier otro mes de cualquier otro año.

La presentía, olía su aliento perturbador, oía sus pasos cautelosos y tan estudiados, de alguna forma sé que la esperaba sin saber de su existencia… Ella se acercaba a fuerza de persuasión y muchísimo esmero en simular algo que, claro, no era ni sería nunca.
Estaba suspendido en la humareda esa que hace que uno quede suspendido, pero entendía, vaya si entendía. Ella se aproximaba cada vez más, sin importarle que sospechara de su presencia y, como no había manera posible de retroceder o corromper sus planes pité despacio, cayendo en la cuenta que convenía aprovechar al máximo mi última yerba…
Y ella se acerca y acerca, más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y…
Y yo despierto.
Ella ha desaparecido, lo grito, <¡ella ha desaparecido!> como para que poquito a poco me lo crea, pero no es suficiente, entonces la busco, doy vuelta mi cama, mi mesa de luz, mi billetera y hasta el posavasos color naranja rabioso que, tiempo atrás, me regaló Mar junto con otros cinco que formaban la media docena, pero los otros cinco se los he dejado en la casita de Buenos Aires, en Lomas de Zamora, en la esquina de Belgrano y Peña, nuestra esquina, a modo de recordatorio… a ella siempre le faltaría yo para completar su media docena. ¿Me llamaría alguna vez para reclamarme su sexto y último posavasos? Quizá un día cualquiera el timbre de esta habitación la anuncie y detrás de la puerta se halle más linda que de costumbre y con ese aire de dulzura sincera y con sus dos hombros pedantes, irradiando brillo.

¿Qué estarás haciendo Mar? Probablemente me odies de manera desalmada, que es como se debe odiar, me desearas las peores de las suertes, me maldecirás más de lo que merezco, me subestimarás aún más. Pero a miles de kilómetros de la situación, fuera de ella, de su circunferencia, siendo testigo y ya no protagonista, todo puede observarse nítidamente.
Estabas como entusiasmada con la idea, quise que justificaras tanta alegría que a mi me resultaba inconcebible, pero no reparaste en mis ojos indagadores. Sé que esperaste pacientemente a que un día reaccionara y te abrazara emocionado, pensáramos, luego, un nombre juntos y construyamos una habitación de paredes celestes o rosadas según el sexo del pequeño y llena de sonajeros, ositos felices y abrigadas mantitas. También pensaste en una ventana con vista al jardín, delicadamente bordeado con jazmines, margaritas y alguna que otra alegría del hogar, un cortinado de dibujitos tiernos y seguramente norteamericanos… ¡¡¡Puaj!!! Yo no quería nada de eso, si mantenía mis pies en Argentina era sólo porque pretendía acabar mi plan de evacuación de manera organizada. Te quería, pero no alcanzaba, al menos no lo suficiente para retenerme ahí, construyendo una piecita  para un tercero que yo no había incluido en ningún plan, en ningún pensamiento, en ninguna de todas mis ganas. Y vos, Mar, estabas tan contenta y a mi me indignaba la noticia, tu reacción, los proyectos que ahora vomitaban tu boca y mareaban mis pensamientos, la falta de juicio en corromper una montaña de ideas antes compartidas, ahora me hablabas de pañales, mamaderas, escarpines, chupetes, incluso de ¡un perro! Yo te escuchaba incrédulo, me preguntaba dónde estaba la verdadera Mar y porqué esta impostora se sentía con derecho a ingresar a mi casa, no la entendía, no me interesaba escucharla, quería que se esfumara y vos aparecieras para tranquilizarme, decirme que todo había sido una alucinación espantosa, un recuento de los accesorios que hacen de una pareja un lugar común, muy frecuentado y nada extraordinario y me hagas milanesas con puré y brindemos con algún vinito. Pero no apareciste Mar y en tu lugar se instaló ella, ultrajando todas tus pertenencias, haciendo uso y desuso de la intimidad de pareja que muy bien sabíamos resguardar y recrear… y no era lo mismo… la impostora no tenía nada que ver conmigo, ni con vos. Ella pensaba, hablaba y hacia con miras al futuro, ese al que tanto ignoramos siempre de común acuerdo, tácito claro está. Y de repente, sin nadie que me advirtiera de la posible metamorfosis de algo lindo en algo real y sumamente ordinario, me encontré conviviendo con una impostora que programaba el mañana como si se tratase de organizar un día de camping en San Antonio de Areco. Los días comenzaban a parecerme interminables e insípidos, sin sentido y repugnantemente tristes. Te veía adentrarte en proyectos utópicos en los cuales se incluía mi persona misma, sin previa autorización concedida. Me preguntaba hasta cuándo tenías pensado sostener tanta hipocresía, cuándo sería el momento en que me preguntaras qué pensaba yo de todo lo que deseabas que ocurriera de la noticia en adelante, me preguntaba porqué te empeñabas en no preguntar, ¿acaso lo notabas Mar? ¿Notabas qué la única respuesta que podía llegar a darte no colaboraría con tu apetito  por armar una familia más? Una familia más en un mundo que no es el mío, claro está.