lunes, 20 de agosto de 2012
Optimismo
Apunta todo en su mágico cuadernito de hojas color rosa, convencida de que esta vez leerá todas las historias y entenderá. La entenderá. Al fin.
martes, 10 de julio de 2012
Aquiles
Y ahí estaba él, en la misma librería y haciendo exactamente
lo mismo que la primera vez: revolviendo todos los estantes del género policial
en busca de uno de los buenos en el mismo instante en el que a mí se me cayó el
señalador de Los hombres que no amaban a
las mujeres. Esa vez se había agachado para levantarlo y alcanzármelo y
antes de devolvérmelo me había preguntado <<¿Crees en el azar?>> y le respondí: <<Casi
todo es producto del azar>> mientras le arrancaba el señalador de
la mano. Creo que ya estaba enamorada.
5 meses después el azar nos juntaba en el mismo m².
5 meses después el azar nos juntaba en el mismo m².
Esta vez no se me cayó nada, pero (lo juro) me dejó de latir
el corazón por unos segundos, reconocía esa sensación de vulnerabilidad exacerbada
porque con él la había experimentado siempre.
Levantó la vista y ahí me tenía, a centímetros. Sonrió. Creo
que amagó a decir algo, pero finalmente no habló, se limitó a mirarme entre
feliz y sorprendido. Sonreí (feliz también).
Al rato dijo <<No me llamaste>> y ahí justo ahí una cantidad infinita de reproches se quedaron a mitad de camino ¿para qué exponerme? Me limité a sonreír y decir casi en un susurro <<Vos tampoco>>. Tarde. Esa sonrisa que intentaba demostrar indiferencia absoluta no lo engañó. Y él sabía cómo hacerme reaccionar:
<<Uff, ¿dolió no?>> Para qué... Mi dedo índice lo señaló y a partir de ese momento pronuncié un sin fin de insultos con estilo, siempre con estilo, siempre desde una postura digna... Pero le estaba gritando a él, no era a un Don Nadie, sabía perfectamente a qué me estaba exponiendo, pero no me dieron ganas de seguir conteniendo TANTA furia y justo cuando estaba a punto de terminar me agarró de un brazo, me atrajo hacia él y me besó.
No importaba cuántas veces lo intentara, ni qué estrategias empleara, ni la fingida indiferencia, ni mis respuestas mucho más inteligentes de las que podría llegar a esbozar alguna vez él... Hay juegos que no sé jugar y por mucho que me aprenda de memoria el instructivo, irremediablemente pierdo siempre (aunque el rival sea un 4 de copas sigue siendo mi talón de Aquiles).
PERO esta vez me encantó perder porque creo que esta vez dejándome perder no perdí.
Loco ¿no?
Al rato dijo <<No me llamaste>> y ahí justo ahí una cantidad infinita de reproches se quedaron a mitad de camino ¿para qué exponerme? Me limité a sonreír y decir casi en un susurro <<Vos tampoco>>. Tarde. Esa sonrisa que intentaba demostrar indiferencia absoluta no lo engañó. Y él sabía cómo hacerme reaccionar:
<<Uff, ¿dolió no?>> Para qué... Mi dedo índice lo señaló y a partir de ese momento pronuncié un sin fin de insultos con estilo, siempre con estilo, siempre desde una postura digna... Pero le estaba gritando a él, no era a un Don Nadie, sabía perfectamente a qué me estaba exponiendo, pero no me dieron ganas de seguir conteniendo TANTA furia y justo cuando estaba a punto de terminar me agarró de un brazo, me atrajo hacia él y me besó.
No importaba cuántas veces lo intentara, ni qué estrategias empleara, ni la fingida indiferencia, ni mis respuestas mucho más inteligentes de las que podría llegar a esbozar alguna vez él... Hay juegos que no sé jugar y por mucho que me aprenda de memoria el instructivo, irremediablemente pierdo siempre (aunque el rival sea un 4 de copas sigue siendo mi talón de Aquiles).
PERO esta vez me encantó perder porque creo que esta vez dejándome perder no perdí.
Loco ¿no?
martes, 3 de julio de 2012
Con qué parámetro medir el suficiente amor propio como para
no quedar estaqueado en el medio de una nada absurda de una historia que pudo
haber sido solo si la unidad de medida no hubiera arrojado tanta soberbia como
resultado de un presente que ya no sería futuro. No me sale eso de la autocompasión, mejor jugarla de impasible cuando se sabe que determinadas demostraciones no son otra cosa que
humillaciones que sumo a un inventario que después me jode más que un
autoestima en eterna decadencia. Cedo todas las victorias que reclamen sin vestigios de tristeza
porque, según dicen, el proceso va por dentro…
lunes, 2 de julio de 2012
domingo, 27 de mayo de 2012
Sobre tazas, copas y posavasos...
La
semana pasada se agrietó una taza nueva apenas vertí agua caliente para prepararme un
té de frutilla (vino fallada, claramente) y anoche se me rompió una copa de una manera muy extraña y entonces me acordé que hacía años había
escrito algo sobre juegos incompletos…
Joaco despertó agitado y muy
transpirado…
Escribió:
12 de Marzo
de este año, pero pudo haber sido cualquier otro mes de cualquier otro año.
La
presentía, olía su aliento perturbador, oía sus pasos cautelosos y tan
estudiados, de alguna forma sé que la esperaba sin saber de su existencia… Ella
se acercaba a fuerza de persuasión y muchísimo esmero en simular algo que,
claro, no era ni sería nunca.
Estaba
suspendido en la humareda esa que hace que uno quede suspendido, pero entendía,
vaya si entendía. Ella se aproximaba cada vez más, sin importarle que
sospechara de su presencia y, como no había manera posible de retroceder o
corromper sus planes pité despacio, cayendo en la cuenta que convenía
aprovechar al máximo mi última yerba…
Y
ella se acerca y acerca, más y más y más y más y más y más y más y más y más y
más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y más y
más y…
Y
yo despierto.
Ella
ha desaparecido, lo grito, <¡ella ha desaparecido!> como para que poquito
a poco me lo crea, pero no es suficiente, entonces la busco, doy vuelta mi
cama, mi mesa de luz, mi billetera y hasta el posavasos color naranja rabioso
que, tiempo atrás, me regaló Mar junto con otros cinco que formaban la media
docena, pero los otros cinco se los he dejado en la casita de Buenos Aires, en Lomas
de Zamora, en la esquina de Belgrano y Peña, nuestra esquina, a modo de
recordatorio… a ella siempre le faltaría yo para completar su media docena. ¿Me
llamaría alguna vez para reclamarme su sexto y último posavasos? Quizá un día
cualquiera el timbre de esta habitación la anuncie y detrás de la puerta se
halle más linda que de costumbre y con ese aire de dulzura sincera y con sus
dos hombros pedantes, irradiando brillo.
¿Qué
estarás haciendo Mar? Probablemente me odies de manera desalmada, que es como
se debe odiar, me desearas las peores de las suertes, me maldecirás más de lo
que merezco, me subestimarás aún más. Pero a miles de kilómetros de la
situación, fuera de ella, de su circunferencia, siendo testigo y ya no
protagonista, todo puede observarse nítidamente.
Estabas
como entusiasmada con la idea, quise que justificaras tanta alegría que a mi me
resultaba inconcebible, pero no reparaste en mis ojos indagadores. Sé que
esperaste pacientemente a que un día reaccionara y te abrazara emocionado,
pensáramos, luego, un nombre juntos y construyamos una habitación de paredes
celestes o rosadas según el sexo del pequeño y llena de sonajeros, ositos
felices y abrigadas mantitas. También pensaste en una ventana con vista al
jardín, delicadamente bordeado con jazmines, margaritas y alguna que otra
alegría del hogar, un cortinado de dibujitos tiernos y seguramente
norteamericanos… ¡¡¡Puaj!!! Yo no quería nada de eso, si mantenía mis pies en Argentina
era sólo porque pretendía acabar mi plan de evacuación de manera organizada. Te
quería, pero no alcanzaba, al menos no lo suficiente para retenerme ahí,
construyendo una piecita para un tercero
que yo no había incluido en ningún plan, en ningún pensamiento, en ninguna de
todas mis ganas. Y vos, Mar, estabas tan contenta y a mi me indignaba la
noticia, tu reacción, los proyectos que ahora vomitaban tu boca y mareaban mis
pensamientos, la falta de juicio en corromper una montaña de ideas antes
compartidas, ahora me hablabas de pañales, mamaderas, escarpines, chupetes,
incluso de ¡un perro! Yo te escuchaba incrédulo, me preguntaba dónde estaba la
verdadera Mar y porqué esta impostora se sentía con derecho a ingresar a mi
casa, no la entendía, no me interesaba escucharla, quería que se esfumara y vos
aparecieras para tranquilizarme, decirme que todo había sido una alucinación
espantosa, un recuento de los accesorios que hacen de una pareja un lugar
común, muy frecuentado y nada extraordinario y me hagas milanesas con puré y
brindemos con algún vinito. Pero no apareciste Mar y en tu lugar se instaló
ella, ultrajando todas tus pertenencias, haciendo uso y desuso de la intimidad
de pareja que muy bien sabíamos resguardar y recrear… y no era lo mismo… la
impostora no tenía nada que ver conmigo, ni con vos. Ella pensaba, hablaba y
hacia con miras al futuro, ese al que tanto ignoramos siempre de común acuerdo,
tácito claro está. Y de repente, sin nadie que me advirtiera de la posible
metamorfosis de algo lindo en algo real y sumamente ordinario, me encontré
conviviendo con una impostora que programaba el mañana como si se tratase de
organizar un día de camping en San Antonio de Areco. Los días comenzaban a
parecerme interminables e insípidos, sin sentido y repugnantemente tristes. Te
veía adentrarte en proyectos utópicos en los cuales se incluía mi persona
misma, sin previa autorización concedida. Me preguntaba hasta cuándo tenías
pensado sostener tanta hipocresía, cuándo sería el momento en que me
preguntaras qué pensaba yo de todo lo que deseabas que ocurriera de la noticia
en adelante, me preguntaba porqué te empeñabas en no preguntar, ¿acaso lo
notabas Mar? ¿Notabas qué la única respuesta que podía llegar a darte no
colaboraría con tu apetito por armar una
familia más? Una familia más en un mundo que no es el mío, claro está.
lunes, 21 de mayo de 2012
Esquizofrenia
Había construido una impecable red de relaciones
convenientes, había generado lazos ventajosos para con sus ambiciones y así
podía hacerle creer que todo de alguna que otra forma la involucraba.
Cada pieza especialmente elegida lo obligaba a formar parte de un puzzle del que había intentado olvidarse. Era un plan de hormiga tan meticulosamente planeado que hacía que la garantía del éxito compensara tanta paciencia.
Cada gesto era minuciosamente ensayado para así distinguir con precisión el momento exacto para producirlo.
Sin embargo, una suerte de corazonada se agazapaba latente en algún lugar recóndito…
Crtl z a cualquier tipo de estrategia y de estúpida ilusión.
En algún momento indescifrable olvidó el objetivo.
Cada pieza especialmente elegida lo obligaba a formar parte de un puzzle del que había intentado olvidarse. Era un plan de hormiga tan meticulosamente planeado que hacía que la garantía del éxito compensara tanta paciencia.
Estudiaba cada situación para poder predecir futuras
reacciones.
Cada gesto era minuciosamente ensayado para así distinguir con precisión el momento exacto para producirlo.
Sin embargo, una suerte de corazonada se agazapaba latente en algún lugar recóndito…
Stop
Crtl z a cualquier tipo de estrategia y de estúpida ilusión.
En algún momento indescifrable olvidó el objetivo.
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